Treinta años de amistad. Veinte de un mundo que ya no existe.
Nos conocemos desde los dos años. De niños nos unían las mismas historias; después, el fútbol sala en el mismo equipo, el instituto y el bachillerato juntos. Y durante diez años, un mundo compartido: Tibia. Aquello no fue jugar, fue vivir dentro de un mundo. Allí aprendimos cosas que no se enseñan en ningún sitio: que el nombre se lo gana uno, que lo que tienes vale lo que alguien esté dispuesto a dar por ello, y que al final la gente con la que juegas acaba importando más que el juego. Veinte años después seguimos hablando con ellos.
Luego el género cambió. Se perdió la filosofía y empezó a premiarse el pagar. Llegaron los aceleradores y los objetivos dopamínicos, y nuestra generación dejó de jugar. Nosotros también. Ese es el problema del que nace todo lo demás.
No encontramos el juego que queríamos jugar, así que decidimos crearlo. Lo construimos sin prisa, como se hacían las cosas antes. Por eso está hecho en España: por legado.
Hagámoslo bien, como antes.
Los dos de siempre